La lucha por un anhelo. Matilde Montoya

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Publicado en: NOTI – UPIICSA. Gaceta de la UPIICSA. UPIICSA – Instituto Politécnico Nacional. Julio – Agosto. Año 5. No. 32. 2005. México, D. F.

Matilde Petra Montoya Lafragua nació en la Ciudad de México el 14 de marzo de 1857; fue la primera médica mexicana. Desde muy pequeña, su madre le dedicó todo su tiempo y por lo tanto a los cuatro años ya sabía leer y escribir, sin embargo, su padre pensaba que era una pérdida de tiempo. A los 11 años quiso inscribirse en la Escuela Primaria Superior (Secundaria ahora), cosa que no logró debido a su corta edad, así que con maestros particulares terminó su preparación y presentó a los 13 años el examen oficial para maestra de primaria, el cual aprobó sin dificultad, pero su edad fue nuevamente un impedimento para obtener el trabajo. 

Debido a lo anterior, se inscribió en la carrera de Obstetricia y Partera, que dependía de la Escuela Nacional de Medicina. Posteriormente por dificultades económicas tuvo que inscribirse en la Escuela de Parteras y Obstetras de la Casa de Maternidad, que principalmente atendía a madres solteras y personas de escasos recursos.  A los 16 años, Matilde recibió el título de Partera, empezó a trabajar como auxiliar de cirugía, con el objetivo de ampliar sus conocimientos de Anatomía, ya que en sus estudios de Obstetricia sólo le habían enseñado los conocimientos relativos al aparato reproductor femenino. Con sus ahorros, se dio tiempo para tomar clases en escuelas particulares para mujeres y completar sus estudios de Bachillerato.  

Al cumplir los 18 años, buscó acomodo en la ciudad de Puebla. Rápidamente de una numerosa clientela de mujeres que se beneficiaban con su amable trato y sus conocimientos de medicina, más avanzados que los de las otras parteras y aún que los de muchos médicos locales. Algunos médicos envidiosos de su éxito orquestaron una campaña de difamación en su contra, publicando violentos artículos en los que convocaban a la sociedad a no solicitar los servicios de esa mujer poco confiable, acusándola de ser “masona y protestante”. La presión fue muy grande y el trabajo se hizo insostenible, por lo que se fue a pasar unos meses a Veracruz.  

De regreso en la capital poblana, pidió su inscripción en la Escuela de Medicina de Puebla, presentando constancias de su recorrido profesional, cumpliendo con el requisito de acreditar las materias de Química, Física, Zoología y Botánica y aprobando el examen de admisión. Fue aceptada en una ceremonia pública a la que asistieron el Gobernador del Estado, todos los Abogados del Poder Judicial, numerosas maestras y muchas damas de la sociedad que le mostraban su apoyo. Sin embargo, los sectores más radicales redoblaron sus ataques, publicando un artículo encabezado con la frase: “Impúdica y peligrosa mujer pretende convertirse en médica”. Agobiada por las críticas, decidió regresar a la Ciudad de México, donde por segunda vez solicitó su inscripción en la Escuela Nacional de Medicina, siendo aceptada en 1882, a los 24 años de edad.  Las publicaciones femeninas y un amplio sector de la prensa la apoyaban, pero no faltaban quienes opinaban que “debía ser perversa la mujer que quiere estudiar Medicina, para ver cadáveres de hombres desnudos”.

En la Escuela Nacional de Medicina no faltaron las críticas, burlas y protestas debido a su presencia como única alumna, aunque también recibió el apoyo de varios compañeros solidarios. Varios docentes y alumnos opositores solicitaron que se revisara su expediente antes de los exámenes finales del primer año, objetando la validez de las materias del Bachillerato que había cursado en escuelas particulares. Entonces le fue comunicada su baja. Solicitó a las autoridades que si no le eran revalidadas las materias de Latín, Raíces Griegas, Matemáticas, Francés y Geografía, le permitieran cursarlas en la Escuela de San Ildefonso por las tardes. Su solicitud fue rechazada, ya que en el reglamento interno de la escuela señalaba “alumnos”, no “alumnas”.   Desesperada, escribió una carta al Presidente de la República, General Porfirio Díaz, quien dio instrucciones al Secretario de Ilustración Pública y Justicia, Lic. Joaquín Baranda, para que “sugiriera” al Director de San Ildefonso dar facilidades para que Matilde cursara las materias en conflicto, ante lo que no le quedó más remedio que acceder. Tras completar sus estudios con buenas notas y preparar su tesis, solicitó su examen profesional. Nuevamente se topó con el obstáculo de que en los estatutos de
la Escuela Nacional de Medicina se hablaba de “alumnos” y no de “alumnas”, por lo que le fue negado el examen.
 Una vez más, dirigió un escrito al Presidente Porfirio Díaz, quien decidió enviar una solicitud a la Cámara de Diputados para que se actualizaran los estatutos de la Escuela Nacional de Medicina y pudieran graduarse mujeres médicas. Como la Cámara no estaba en sesiones y para no retrasar el examen profesional de Matilde, el Presidente Díaz emitió un decreto para que se realizara de inmediato. Hubo quien publicó que Matilde se había recibido por decreto presidencial, cuando no fue así; dicho decreto tan sólo era para que se le permitiera recibirse si cumplía con los requisitos de presentar sus exámenes teórico y práctico ante un jurado académico. Por supuesto, le fue asignado el jurado más exigente y riguroso.  En lugar de disponer el Salón Solemne de Exámenes Profesionales, con sillones de maderas preciosas colocados en forma de herradura sobre una tarima para el jurado y las autoridades académicas, así como fina sillería para el público asistente, se le negó a Matilde el derecho a disfrutar de esa simbología de jerarquía profesional, disponiendo para su examen de un salón menor. Esto ocurría durante la tarde del 24 de agosto de 1887. Faltando pocos minutos para las cinco, hora fijada para el examen, llegó un mensajero avisando que el Señor Presidente Porfirio Díaz salía a pie de Palacio Nacional, acompañado de su esposa Carmelita y algunas amistades, para estar presente en el examen profesional de Matilde. Rápidamente entonces, abrieron el salón de actos solemnes, donde se realizó el examen durante dos horas, cumpliendo con todos los puntos reglamentarios. Matilde contestó correctamente todas las preguntas que se le hicieron y fue aprobada por unanimidad.  Cuando terminó el examen, se escuchó el aplauso de varias damas, maestras de primaria y periodistas que se habían reunido en el patio, festejando el veredicto de “aprobado”.

Al día siguiente, Matilde realizó su examen práctico en el Hospital de San Andrés ante la presencia del jurado y, en representación del Presidente, su Secretario Particular y el Ministro de Gobernación. Después de recorrer las salas de pacientes, contestando las preguntas relacionadas con distintos casos, la examinada pasó al anfiteatro, donde realizó en un cadáver las resecciones que le pidieron, siendo aprobada por unanimidad. El Ministro de Gobernación leyó un discurso elogiando a la Profesora en Medicina y Cirugía Matilde Montoya y, al día siguiente, la mayoría de los periódicos festejaron la victoria final después de tantas batallas de Matilde, Primera Médica Mexicana. Su título profesional, otorgado por parte de la Dirección General de Instrucción Pública del Gobierno del Distrito Federal, que entonces dependía del Ministerio de Gobernación, fue recogido semanas más tarde en la Escuela de Medicina por una amiga. Después de titulada, Matilde trabajó en su consulta privada hasta una edad avanzada. Siempre tuvo dos consultorios, uno en Mixcoac, donde vivía, y otro en Santa María la Ribera. Atendía a todo tipo de pacientes, cobrándole a cada uno según sus posibilidades. Participó en asociaciones femeninas como el “Ateneo Mexicano de Mujeres” y “Las Hijas de Anáhuac”, pero no fue invitada a ninguna asociación o academia médica, aún exclusivas de los hombres.   Matilde Montoya murió el 26 de enero de 1938, a los 79 años. Aunque nunca se casó, adoptó cuatro hijos, de los cuales le sobrevivieron un hijo en Puebla y una hija en Alemania, Esperanza, a quien envió a ese país para que se preparara como concertista, pero durante la II Guerra Mundial fue retenida en un campo de concentración y nunca se supo más de ella. La historia de Matilde Montoya es la lucha por el anhelo de conseguir una meta y darle sentido a su existencia; pero sobre todo las mujeres de hoy debemos estar agradecidas, ya que por mujeres como ella nosotros tenemos el privilegio de tener educación superior, por lo que yo invito a todas las mujeres a que aprovechen las oportunidades que con mucha lucha y sacrificio otras mujeres han ganado para nosotras. 

Fuentes: ·    Mujeres hoy. www.mujereshoy.com/secciones/1147.shtml. Mayo 2005 ·    Mujeres hoy. www.mujereshoy.com/secciones/1147_2.shtml. Mayo 2005 ·    Grupo Radio Centro. www.radioredam.com.mx/grc/homepage.nsf/main?readform&url=/grc/redam.nsf/vwALL/MLOZ-5T9UNP. Mayo 2005  TABOADA, M. Biografía de un Anhelo. Matilde Montoya, Primera Médica Mexicana. 2003.

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4 Respuestas a “La lucha por un anhelo. Matilde Montoya

  1. Angel… perdón pero no sabría cómo ayudarte

    Supongo que puedes empezar por el registro civil buscando actas de nacimiento del hijo, ya que de la hija no se supo más nada

  2. Necesito localizar al Hijo ò descencientes que se mencionan en el escrito, que puedo hacer?

    Gracias

  3. Mariel,

    Que pena pero no tengo una idea clara. Lo que si es que para las mujeres fue un calvario estudiar

    Saludos

  4. alguien sabe como fue la educacion en el tiempo de porfirio diaz? como se asocio la educacion con la cultura y sociedad en el tiempo de porfirio diaz