Así hablaba Juana Inés

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SIN TAMBORES NI TROMPETAS. Órgano informativo y de análisis de la UPIICSA. UPIICSA – IPNl. Ene – Feb. Año 8. No. 41. 2007. México, D. F.

“…No me parecía razón que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era más apetecible adorno” 

Así hablaba y pensaba Juana Inés de Asbaje Ramírez, mejor conocida como Sor Juana Inés de la Cruz. A la que el arreglo del cabello entre otras cosas le era indiferente sin un conocimiento razonado y claro de lo que realmente a su juicio importaba en esta vida. Más que un artículo informativo, quisiera fuera este un ensayo sobre la monja y mujer más ilustre de México, conmemorando un año más de su natalicio. Por lo que comenzaré con los datos biográficos de rigor, siguiendo con su iniciación en la lectura, su paso por la corte virreinal, la vida conventual, las desventuras de escribir, la respuesta a Sor Filotea de la Cruz y el ocaso de su vida.

Datos biográficos

 Juana Inés, nace en Nepantla, Estado de México un 12 de noviembre entre 1648 y 1651, ya que aún no se ha podido esclarecer con certeza el año exacto; es la tercera y más pequeña de las hijas de la unión de la criolla Isabel Ramírez y del capitán español Pedro Manuel de Asbaje, quienes nunca contrajeron nupcias. Posteriormente Isabel conoció al capitán Diego Ruiz Lozano con quien tuvo otras dos hijas y un hijo, pero tampoco contrajo nupcias con él. Tanto Pedro de Asbaje como Diego Ruiz, al cabo de un tiempo de convivir con Isabel partieron para nunca regresar. 

El hecho de ser hija natural no molestaba a Juana Inés en ningún modo, aunque tampoco era mal visto en la sociedad del siglo XVII, y es que las uniones sin bendición eclesiástica eran comunes, debido en parte a que muchos españoles llegaban a América en busca de fama y fortuna a través de un buen matrimonio que les propiciará una buena dote y bienestar para el resto de sus días. Cuestión última que ninguno de los dos hombres encontró en abundancia al lado de Isabel. Por otra parte, un tanto más de españoles estaba ya casado en España, cuestión que pudo estar relacionada con los dos hombres en la vida de Isabel.

 Es así como Juana Inés crece en un ambiente predominantemente femenino, con una posición económica medianamente estable, porque su abuelo -padre de su madre-, tuvo a bien heredar todas sus posesiones a Isabel. Lo que hizo que ésta última y sus hijas se bastaran desde muy jóvenes para ganarse por sí mismas el sustento, con el trabajo que implicaba la tenencia de una hacienda sin la necesidad de una figura masculina. Lo cual sin lugar a dudas fue determinante en el desarrollo de la personalidad, el deseo de independencia económica y social a lo largo de la vida de Juana Inés. Leer para ignorar menos “…que desde que me rayó la primer luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones, ni propias reflejas, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí”.  

Sor Juana, en “Carta a Sor Filotea de la Cruz”, explica como de una manera divina llega a ella el deseo imparable de búsqueda de la verdad a través de la lectura, el descubrimiento, la observación y el análisis. Atribuyéndole a Dios, el que ella tenga una gran inclinación hacia la lectura. Juana Inés aprende a leer a la edad de tres años:

 “…no había cumplido los tres años de  mi edad cuando enviando mi madre a una hermana mía, mayor que yo, a que se enseñase a leer en una de las que llaman Amigas[1], me llevó a mí tras ella el cariño y la travesura; y viendo que la daban lección, me encendí yo de manera en el deseo de saber, que engañando, a mi parecer, a la maestra, la dije que mi madre ordenaba que diese lección… supe leer en tan breve tiempo, que ya sabía cuando lo supo mi madre;… y yo callé, creyendo que me azotarían por haberlo hecho sin orden.” 

Es de notar que aunque sabía que podría ser castigada por dicha travesura, se arriesgó con tal de ver cumplido el deseo de aprender a leer, al fin de cuentas, el dolor del castigo pasaría, pero saber leer nadie se lo iba a quitar. Sin embargo, no es en la Amiga donde empieza su pasión por leer, ya que ahí se propiciaban más bien las labores domésticas, muy pocas mujeres aprendían a leer y escribir, lo que hacía a la mayoría ignorantes e incultas. Su pasión viene de más atrás, de la mano de su abuelo Don Pedro Ramírez, el cual poseía una biblioteca bastante completa y el hecho de aprender a leer le significo la llave para descifrar el contenido de los libros.

Su abuelo antes que reprimirla, la consentía y la solapaba cuando se pasaba horas enteras en la biblioteca leyendo y su madre la buscaba para regañarla porque había mucho trabajo en la casa. Hizo y aprovecho todo lo que estaba de su parte para elevar su nivel intelectual. ¿Con qué objeto? Bueno, a estas alturas Juana Inés sigue siendo un misterio a pesar de todo lo que sabe de ella, la única respuesta a la vehemencia con que leía y estudiaba la da ella misma en la Respuesta a… y dice así:

 “Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar (que fuera en mí desmedida soberbia), sino sólo por ver si con estudiar ignoro menos. Así lo respondo y así lo siento.” 

En conclusión, Juana Inés estudiaba para contestar sus propias interrogantes acerca del mundo; escribía porque creo que muy en el fondo se sentía sola en esa sociedad en la que no encajaba, que no le permitía compartir sus conocimientos; y además no podía entender por qué si hombre y mujer están dotados de inteligencia, sólo los varones podían estudiar y tener acceso a otras actividades. Era diferente y lo sabía, por lo que escribir era el desahogo de sus emociones.

La corte virreinal y la sociedad de su tiempo

Juana Inés aprende en casa de su tía María Mata que vive en la Ciudad de México las sutilezas de la vida citadina. En la Nueva España, se acostumbraba a imitar todo lo que estuviera en boga en Madrid para parecerse lo más posible al Viejo Mundo. Por supuesto y siendo Juana Inés como era, no podía dejar pasar la oportunidad para también poner a la moda su intelecto y aprovecha para tomar clases de gramática latina en veinte lecciones.

En 1664 llega a México el nuevo virrey: Don Antonio de Toledo, Marqués de Mancera y su esposa, Doña Leonor Carreto. Podría decir sin temor a errar, que Juana Inés llegó a la corte, más por el impacto de su inteligencia que de su hermosura. La virreina era una mujer hermosa, inteligente y vanidosa, cuestión que ayudó a que pusiera los ojos en ella para que sirviera de su acompañante ya que su platica era vivaz, culta e ingeniosa. Tanto así que el virrey un día reunió en su palacio, a cuarenta personajes ilustres de la Nueva España; teólogos, filósofos, matemáticos, historiadores… A todas las preguntas realizadas Juana Inés salió airosa.

Después de superar dicha prueba Juana Inés, toma un lugar privilegiado dentro de la corte, fue objeto de adulaciones de los hombres y por supuesto envidiada tanto por ellos, como por las mujeres. Cuatro años, estuvo en la corte, donde no sólo escucho chismes e intrigas propias de la época, sino que desde la perspectiva del poder pudo observar lo que ser mujer en ese tiempo significaba. Analizó de tal forma las pasiones humanas y las restricciones sociales que poco a poco se fue formando en ella la idea que la llevaría a la vida conventual.

La vida conventual 

“Entréme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado de cosas (de las accesorias hablo, no de las formales), muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podría elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación…” 

¿De qué salvación hablaba Juana Inés? De ninguna manera hablaba de su alma, porque con tanto intelecto, mínimo sabía que para Dios no era pecado el conocimiento en una mujer, esas eran ideas de los hombres. Hablaba de su salvación mental, ¿dónde podía realizar la mayoría de las cosas que anhelaba?

 “…querer vivir sola, de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros.” 

Sabía que de optar por el matrimonio, su vida pertenecería a un hombre que por supuesto no la dejaría en libertad de actuación y pensamiento, por lo que casarse significaría su castración intelectual. También  sabía que realizar el trabajo que le gustaba sin ser duramente criticada e incluso llegar a la hoguera –la Inquisición estaba en su apogeo-, iba a ser una tarea difícil y riesgosa si permanecía como civil. Por lo cual ayudada por el padre Núñez de Miranda, se decide a tomar el hábito siendo para ella una trasgresión contra el medio social que le impone reglas y frustra sus ansias intelectuales.

En 1667, Juana Inés toma el hábito en la comunidad de las Carmelitas Descalzas. Los virreyes la acompañaron y apadrinaron, y el padre Núñez celebró el oficio. La vida de estas hermanas era tan dura, estricta y áspera que Juana Inés enferma y tiene que dejar el convento después de tres meses. Regresa al lado de la virreina sólo para recuperar la salud y las fuerzas y al siguiente año, en 1968, ingresa al convento de Santa Paula con las hermanas Jerónimas, cuya orden era mucho más blanda. La vida religiosa por supuesto tenía sus restricciones, las devotas debían tomar cuatro votos: pobreza, castidad, perpetua clausura y obediencia. Es de suponer que en cuanto a los tres primeros Sor Juana no tuvo problemas; el voto de obediencia fue para ella lo más difícil de cumplir, especialmente cuando equivalía a callar y violaba su derecho que como ser humano tenía al desarrollo de su mente.

 Las desventuras de escribir  

La Iglesia tenía mucha influencia en lo que ha producción intelectual se realizaba en la Nueva España, ya que todo lo que se escribiera no podía ofender la moral y las buenas costumbres. Es así como Sor Juana se encuentra entre la apreciación justa de su obra y el desprecio de varones que la envidiaban o temían. Mientras que las monjas por lo regular se dedicaban a la cocina y al bordado, la poesía de Sor Juana estaba muy fuera de los cánones permitidos a una religiosa. Dominaba –sin conocerlo-, el lenguaje del amor cortesano, y compuso poemas dedicados a las penas amorosas. Las constantes críticas hacia sus acciones, hacían que su pluma se volviera amarga, irónica, irreverente, burlona y enmascaraba una profunda ira hacia las desigualdades de los sexos. Un ejemplo lo tenemos en “Hombres necios” una de sus más famosas redondillas:

 Opinión ninguna gana,                        ¿O cuál es más de culpar
pues la que más se recata,                 aunque cualquiera mal haga:
si no os admite, es ingrata,                la que peca por la paga
y si os admite, es liviana                     o el que paga por pecar?
 

Sin embargo, Sor Juana logra ganar fama gracias al apoyo de dos mujeres que la admiraban. De la virreina Leonor Carreto fue tan grande su estima hacia ella, que nunca se alejaron y ni dejó de visitarla en el convento. En 1680 llegan a México los marqueses de la Laguna, para tal acontecimiento se le pide a Sor Juana haga los versos de bienvenida, María Luisa Manrique la nueva virreina encuentra en ella una buena compañera, Sor Juana le dedica muchas loas y versos, se llega a decir que era tal el cariño que se profesaban que eran lesbianas, cosa que no es cierta, sólo que la sociedad no podía tolerar cariños que no entendía.

María Luisa, le da tanto apoyo que ni el Arzobispo de México, que era tremendamente misógino pudo contra Sor Juana a pesar de la irritación que ésta le provocaba. Estos años de protección los aprovecha al máximo y escribe mucho. Cuando María Luisa tiene que regresar a  España, se lleva con ella copia de muchos de sus escritos que logra publicar con gran éxito en 1689 bajo el nombre de “Inundación Castálida”. Por supuesto al Arzobispo casi le da una apoplejía.

 El ocaso 

A la partida de María Luisa, la vida de Sor Juana se hace dura y circunscrita; la crítica en su contra aumenta. El obispo de Puebla, para “ayudarla” publica la crítica que Sor Juana hace de un sermón del jesuita Antonio Vieira. Allí fue la gota que derrama el vaso. Imaginen que una monja se atreviera a criticar a un hombre. El obispo para lavarse las manos, junto con la publicación de la carta athenagórica[2], incluye una carta de amonestación y la firma con el seudónimo de Sor Filotea de la Cruz, aunque medio mundo sabía que era de él.

Sor Juana en vez de someterse, le contesta con un documento que ahora se conoce como “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”, donde de un modo magistral cuenta parte de su vida, de sus logros en los estudios y al mismo tiempo logra hacer sentir que el obispo tiene razón por reprenderla, pero que sus pecados son de origen divino y por más que ruega a Dios no puede eliminarlos, entonces le pregunta: Si mi intelecto proviene de Dios como Ud. me dice, ¿cómo puede ser pecado usarlo? La carta se considera un documento único, ya que es la autodefensa de una mujer que disputa su derecho a usar su mente.

Para 1692, la ciudad se ve sumergida en un ambiente desastroso debido a los embates de la naturaleza, presionada por el Arzobispo vende en 1693 su biblioteca para convertirla en limosnas para los pobres. Empieza para ella una época de tristeza y depresión, la causa de su alegría le había sido retirada, ratifica sus votos y parece que sólo lo leído le da fuerzas para continuar su vida. En 1695, hay un brote de viruela en la ciudad y, además en el convento se desata otra epidemia: la peste o tifo. Muchas enfermaron y otro tanto las cuido, entre ellas Sor Juana.

Sor Juana apoya con sus conocimientos avanzados sobre alquimia, pero finalmente la enfermedad se apodera de su cuerpo y en la madrugada del 17 de abril de 1695 a la edad aproximada de 46 años expiraba. Había abandonado el cuerpo que importó más a los hombres que su inteligencia carente de sexo. El mismo día de su muerte, su cuerpo fue sepultado en el coro bajo de la Iglesia del convento. La tumba de Sor Juana aún existe y se encuentra en lo que ahora es la Universidad del Claustro de Sor Juana, en las calles de Izazaga 92, casi esquina con Isabel la Católica, en el centro. Hay mucho más que contar sobre esta extraordinaria mujer pero, será en otra ocasión.

 Fuentes: 

·          Cruz, Sor Juana Inés de la. “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. Edit. Fontamara. México. 2002

·          Saucedo, Carmen Zarco.  “Sor Juana Inés de la Cruz”. Edit. Planeta Mexicana. México. 2004

·          Osorio, Bety. et al. “Las desobedientes mujeres de nuestra América”. Edit. SEP – Libros del rincón. México. 2003

·          Franco, Lourdes. et al. “Testimonio de claustro”. Edit. Asociación Nacional del Libro. México. 1995

       Paz, Octavio. Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. Edit. FCE. México. 2002


[1] La Amiga era una escuela “especial” para niñas, en la que principalmente se enseñaba a rezar, coser y bordar. A la Escuela, con mayúscula, sólo iban los varones.

[2] Documento de crítica que realiza Sor Juana, conocida también como Crisis de un sermón. El documento de Vieira consistía en un análisis teológico de 1,600 páginas.

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2 Respuestas a “Así hablaba Juana Inés

  1. muy valiente departe de esta mujer sor Juana exelente poetisa pero mi pregunta y e estado investigando ¿que tubo que ver especificamente con la independencia de Mexico? ¿por que se le asocia ? parcicipo directamente o sus ideas? que fue lo que hizo? durante o antes de la independencia, los libros solo hablan de su legado poetico muy valioso para su época ….

  2. Claudia Daré

    Estoy encantada con la historia de esta mujer. No la conocia, por ignorancia o por ser de mas lejos, donde se habla el portugues, de Brasil.
    Me encantó este artículo sobre ella. Estoy leyendo una novela Yo, la peor, de Mirian Lavin.
    Buena lectura, bajo sus ojos de novelista.
    Gracias por las informaciones que leí aqui.